14 de abril de 1931: la República ha venido, nadie sabe cómo ha sido

por Radio YA

05 febrero 2018
Por Francisco de Asís López de Avellaneda.

En los tiempos actuales, no son pocas las voces que ensalzan el régimen republicano como una etapa de eclosión de las libertades que hasta ese momento habían sido aplastadas por un régimen opresor que se oponía a la modernización de España y que impedía que las gentes se expresaran con entera libertad en una época caracterizada por luchas encarnizadas de poder. Las primeras décadas del siglo XX supusieron para España, por un lado, un intento de modernización y de apertura hacia el exterior en un régimen que se había caracterizado, hasta ese momento, como parapeto frente a la anarquía y desgobierno que había significado la caótica primera experiencia república en la segunda mitad del siglo XIX, donde los nacionalismos periféricos iban paulatinamente ganado terreno y amenazaban con desestabilizar una nación seriamente golpeada por la pérdida de nuestras colonias de ultramar que otrora había representado el esplendor de una nación poderosa que había dominado medio orbe; por otro lado, como ya hemos comentado en líneas anteriores, se encontraba la conjunción de una serie de ideologías dispuestas a aniquilar un sistema que había recuperado la estabilidad en la práctica totalidad de las facetas pero que empezaba a dar síntomas claros de debilidad y, de paso, cercenar una nación que caminaba con paso firme al precipicio político y social.

En ese enfrentamiento, la masonería jugó un rol decisivo en el advenimiento del régimen republicano en 1931, ya que se alineó en las filas de las formaciones antisistema, tan activa en las líneas anarquistas con personajes tan relevantes como Ferrer Guardia como en las filas del socialismo con ilustres personajes como Rodolfo Llopis o Juan Simeón, personajes este último autor años más tarde un libro muy revelador sobre la culpabilidad que habían tenido las izquierdas en el estallido de la guerra civil en el verano de 1936 y silenciado en nuestros días por la totalidad de las izquierdas, deseosas de manipular una historia que jamás les ha sido agraciada. Tanto durante la Semana Trágica de 1909 como en el curso de la frustrada Revolución de 1917, los masones jugaron un papel muy vehemente que perseguía la desaparición de la monarquía parlamentaria.

Tal era la obsesión de las logias con el régimen monárquico que hasta el jefe de filas del socialismo español, Pablo Iglesias (el genuino fundador del PSOE y no el actual líder de Podemos) amenazó de muerte a Antonio, por entonces presidente del gobierno en el año 1910 con etas elocuentes palabras que no dejan lugar a dudas sobre la verdadera intención de los hijos de la viuda: “mi partido luchará en la legalidad mientras pueda y saldrá de ella cuando deba"- añadió-, "para evitar que Maura suba al poder debe llegarse hasta el atentado personal".

En paralelo al ingreso en la clase política de un ingente número de masones, la infiltración de las logias en el seno del ejército fue verdaderamente extraordinaria incluso durante la Dictadura de Primo de Rivera hasta el punto de que aunque Primo de Rivera prohibió tajantemente la celebración de un Congreso masónico en Madrid, el general Barrera lo autorizó en Barcelona.

En Enero de 1930 cae la dictadura de don Miguel Primo de Rivera, hombre de confianza hasta ese mismo instante del rey Alfonso XIII y que, ante la pasividad de sus compañeros de armas y encontrándose en plena soledad, decide poner su cargo a disposición del monarca que acepta de inmediato su dimisión. El final del régimen dictatorial, que había supuesto los mejores años de España en todas las facetas, sobre todo en el plano político con la pacificación de España tras duros años de pistolerismo anarquista y de bonanza económica, constituyó a todas luces el ocaso de un régimen monárquico que daba sus últimos coletazos. En general Dámaso Berenguer sustituyó al frente de la presidencia del gobierno al general Primo de Rivera. Cuatro adjetivos pueden resumir la personalidad política de este ilustre general: liberal, palatino, noble y lentísimo. Los errores políticos que le son imputables se condensan en éste: dejó al rey solitario ante la sucia marea de propaganda que se le venía encima. La situación política se torna compleja ante el auge de las fueras antisistema que se organizan esperanzadas bajo el paraguas del republicanismo, esperando dar el tiro de gracia de un régimen que agonizaba ante la pasividad de sus más acérrimos defensores en épocas pretéritas.

En agosto de ese mismo año, una amalgama de fuerzas de izquierdas, con el inestimable de las fuerzas nacionalistas, firmaron el celebérrimo Pacto de San Sebastián, que significó la unión de todas las fuerzas izquierdistas y republicanas cuyo objetivo fundamental era alentar la caída de la Monarquía y la proclamación de la República a la mayor brevedad posible, meta que no tardaron mucho tiempo en conseguir. De la importancia de este paso puede juzgarse por el hecho de que los participantes que participaron activamente y, por ende, lo suscribieron- Lerroux, Azaña, Alcalá Zamora, Miguel Maura, Indalecio Prieto, Fernando de los Ríos…- se convertirían unos meses más tarde en el gobierno provisional de la República.

En aquellos momentos tan convulsos para la nación, daba la impresión de que las fuerzas izquierdistas contaban con la connivencia de la gran mayoría del pueblo español, el cual deseaba que el sistema monárquico se fuera diluyendo poco a poco hasta desfondarse totalmente, pero esta visión distaba mucho de la verdadera realidad histórica, pues en aquel momento de profunda división el sistema parlamentario, pese a las enormes dificultades que tenía que enfrentar en todos los ámbitos, podría haber desarticulado este movimiento subversivo republicano presentando ante la opinión pública la auténtica naturaleza de un grupo de señores que no querían implantar una verdadera democracia para regenerar España, sino que pretendían ahondar más todavía en la fragmentación nacional hasta el punto de llevarla a un enfrentamiento armado, como acabaría sucediendo, de manera bien lúgubre, en julio de 1936. No lo hizo, sino que optó por el diálogo y la moderación con sus verdugos en un vano intento por apaciguar los ánimos de éstos e intentar reconducir la situación. Botón de muestra, ante la situación desconcertante que reinaba en España, Sánchez Guerra, ilustre personaje monárquico que había ocupaba diversas carteras durante el régimen Alfonsino, tras recibir del monarca la oferta de constituir gobierno, lo primero que hizo fue personarse en la cárcel Modelo de Madrid para ofrecer a los miembros del comité revolucionario encarcelados sendas carteras ministeriales.

Por tanto, la proclamación del régimen republicano no fue tanto por una demanda popular como por la zozobra y la falta de información de una clase política inoperante e ineficaz que había servido en bandeja al enemigo la gobernanza de la nación. La ocasión ideal sería la celebración de unas elecciones municipales. A pesar de la tan cacareada legalidad y transparencia que ha hecho gala la izquierda de nuestro tiempo de que aquellas elecciones fueron un plebiscito contra el denostado régimen monárquico, lo cierto es que no fue así, pues no existía ninguna razón para interpretarlo de esa manera. Su convocatoria no tuvo carácter de referéndum ni mucho menos de elecciones generales.

Las elecciones del 5 de abril eran un discurso dilatorio, un miedo o una esperanza, pero nunca fueron elecciones a Cortes Constituyentes como en numerosas ocasiones ha esgrimido la izquierda para justificar lo que un golpe de estado en toda regla contra un régimen legalmente restaurado en 1874. El balance resultó el que se esperaba: 14. 018 concejales monárquicos contra apenas 1832 republicanos. Entre casi diez mil ayuntamientos de España, los que pasaron a control republicano fueron exactamente dos: un pueblo de Ganada y otro de Valencia. En ese momento de incertidumbre política, a nadie se le ocurrió hablar de plebiscito, a tenor del escuálido resultado cosechado por las fueras republicanas. El 12 de abril se celebró la segunda fase de las elecciones. El resultado final arrojaba una aplastante victoria monárquica: 22.150 concejales frente a los 5775 concejales republicanos. Utilizando un símil futbolístico, se podría decir que el partido monárquico había doblegado al partido republicano por una incontestable goleada de 4 a 1. Sin embargo, los políticos monárquicos, todos los miembros del gobierno (salvo dos), los consejeros palatinos, los dos mandos militares decisivos- Berenguer y Sanjurjo- y el propio rey Alfonso XIII interpretaron inmediatamente los resultados de las elecciones, primero, como un plebiscito; segundo, como un desastre. El hecho de que la victoria republicana hubiera sido urbana- como en Madrid, donde el concejal del PSOE Saborit hizo votar por su partido a millares de difuntos- pudo contribuir a generar una sensación de derrota, si bien no influyó menos en el resultado final la creencia la irrisoria creencia de que los republicanos tenían el influjo de la calle para dominar, finalmente, la nación.

Tras conocerse los resultados, uno a uno fueron llegando a Gobernación, al anochecer del 12 de abril, ministros y dignatarios. En ese momento, todos se vuelven al general Sanjurjo para conocer de primera mano si el régimen aún puede continuar con el concurso de la Guardia Civil a todo trance. Sanjurjo niega ese concurso y confirma que la Guardia permanecerá neutral en la pugna política. En la madrugada del 12 al 13, Sanjurjo, a la sazón director general de la Guardia Civil, dejó de manifiesto por telégrafo que no contendría un levantamiento contra la monarquía. Lo hizo por iniciativa propia, sin dar cuenta de ello al gobierno, un dato que los dirigentes republicanos supieron inmediatamente gracias a los empleados de Correos adictos a su causa. El conocimiento de la debilidad de las instituciones monárquicas por las fuerzas republicanas tiene su razón de ser cuando Romanones y Gabriel Maura, con el conocimiento del rey, ofrecieron al comité revolucionario unas elecciones a Cortes Constituyentes, éste, que había captado el desfondamiento monárquico, exigió la inmediata partida del rey antes de la puesta del sol del 14 de abril. Alfonso XIII cedió por fin a la tentación que le rondaba desde 1917, y abandonó. José Antonio Primo de Rivera, fundador de Falange Española, sentenció que la Monarquía había caído como “cáscara muerta”. En fin, a las nueve menos cuarto de la tarde salió el rey por la puerta del Campo del Moro camino de Cartagena y del destierro, de donde volvieron sus restos el 18 de enero de 1980.

En definitiva, tal era la conmoción que había provocado este hecho histórico que en aquella jornada histórica del 14 de abril, las gentes acuñaron el famoso lema “la República ha venido, nadie sabe cómo ha sido”, ya que el recuento final de los votos había dado una rotunda victoria y, por ende, un espaldarazo a la monarquía en detrimento de los republicanos, pero fueron los mismo defensores de la monarquía los que con su cobardía y desazón cedieron a las inasumibles pretensiones de un comité que pretendía desguazar la nación a cualquier precio. Los nacionalistas catalanes se apresuraron a proclamar la República Catalana y el Estar Català, alentando una ruptura nacional iniciada 500 años antes por los Reyes Católicos. En su práctica totalidad, su pinta de vista programático era utópico, pues carecían de preparación para abordar los problemas fundamentales que aquejaban a la nación desde hacía varias décadas y adolecían de un virulento sectarismo político y social que acabaría condenando la mitad de la nación al ostracismo político y, por consiguiente, a nuestra patria a una irremediable contienda civil cinco años después.


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(Redifusión)

Manuel Fernández-Monzón Altolaguirre y Fausto Heras

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