La peculiar versión de la libertad de la izquierda y su tergiversada victoria

por Javier García Isac

08 noviembre 2019

La mentirosa mayor del reino, la ministra de justicia en funciones, Dolores Delgado, más conocida en los ambientes como "la Lola", la de la red de extorsión vaginal, la que fue testigo de hechos que podían ser constitutivos de delito en un famoso viaje que realizó con varios jueces y fiscales a Colombia, más concretamente a Cartagena de Indias, y donde ella misma reconocía que sus compañeros de profesión se acostaron con menores pero luego no quiso ir más allá, amenaza ahora con modificaciones penales para endurecer el código penal y encarcelar a todo aquel que haga lo que ella entiende que es apología del franquismo. La Lola no engaña a nadie con este tema, es clara y transparente. El mismo día de la profanación del cuerpo de Franco en declaraciones a su cadena amiga, a la cadena del grupo Prisa, que tanto debe a los socialistas, a la cadena SER, decía que esto solo era el principio, que nadie piense que todo acaba con la profanación de Franco. Ahora toca el turno al resto de cadáveres que les ganaron la guerra y que, como no pudieron con ellos hace 80 años, su victoria consiste en seguir profanando cadáveres hasta el infinito y mas allá.

Cada vez entiendo mejor la unanimidad y el apoyo de jueces y fiscales en toda iniciativa socialista, cada vez lo tengo más claro, cada vez es más evidente la coordinación entre los deseos del gabinete presidido por Sánchez y las resoluciones judiciales. Como he dicho en más de una ocasión, parecieran dictadas por el comité federal del PSOE. En esta ocasión nada nos hace pensar que los deseos socialistas de modificación del código penal o de apoyarse en las sentencias que sean necesarias no vaya a producirse.

La izquierda tiene una peculiar visión de entender la libertad, la democracia e incluso los derechos humanos. Algunos de sus miembros más ilustres consideran que José Antonio Primo de Rivera, objeto de deseo para la próxima profanación, no basta con mancillar su cuerpo, no basta con profanarle, aunque sea un "poquito" y trasladarle a otro lugar más discreto dentro del Valle de los Caídos,  es necesario sacarle fuera pues, aunque murió durante la contienda, fue asesinado en noviembre de 1936. Son muchos los que justifican este crimen revistiéndolo de ejecución por fascista y golpista. Son los mismos que nos hablan de víctimas del franquismo, considerando a tales los ejecutados por los gravísimos delitos cometidos. Los comunistas justifican sus crímenes cuando asesinan a personas que no piensan como ellos. Cosifican a la víctima denominándola fascista y eso es suficiente excusa para justificar su crimen.

En el "franquismo" no se ejecutaba a nadie por su ideología política, se le aplicaba la pena capital por los crímenes cometidos, por los hechos realizados, no por su pensamiento ideológico. La izquierda española, la de antes y la de ahora, justifica sus crímenes pasados en función del pensamiento ideológico del asesinado, incluso destituyéndole del título de víctima si la ocasión lo requiere. Es decir, lo matan, lo asesinan y, como colofón final, tampoco lo consideran víctima. Esa es la crucial diferencia entre ellos, los perdedores de una guerra terminada hace ya más de 80 años y cuyo mayor acto de valentía ha consistido en profanar el cadáver  de un muerto hace 44 años, y de los vencedores, unidos con un único y básico objetivo inicial, el de la propia supervivencia frente a los exterminadores.

En algo sí que tienen razón, la victoria les ha llegado en forma de relato, de mentira y tergiversación. Ahora los que perdieron, los criminales y exterminadores se nos presentan como una suerte de demócratas y amantes de la libertad. Basta rascar un poquito, para darnos cuenta que nada más lejos de la realidad. Sería mucho más honesto que la izquierda de este país por lo menos reconociera que en un pasado no tan lejano eran marxistas y que su prioridad era la lucha de clases y que la democracia liberal, tal y como la conocemos ahora, no entraba en sus planes. Está bien que ahora amen la democracia y la libertad, pero de esto, no han pasado ni 40 años.


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Maria Jesús Romero de Avila de Lara

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