NO IMPORTA QUIÉN VOTA, SINO QUIÉN CUENTA LOS VOTOS

por Javier García Isac

11 noviembre 2020

Donald Trump gana las elecciones en USA con mayor popularidad y número de votos que hace cuatro años. Biden intenta ganar en los despachos lo que las urnas no le han concedido. El presidente Trump es un estorbo para la implementación de la agenda globalista, un molesto obstáculo, una barrera que debe ser superada con la ayuda de toda la maquinaria de la que disponen: medios de manipulación de masas, voceros profesionales y políticos de medio mundo, trabajando juntos para acabar con la victoria de Trump.  Cuatro años más del presidente en la Casa Blanca suponen un retraso considerable en los planes de aquellos que desean borrar la identidad de las naciones.

El partido demócrata americano está en franca descomposición. Presentan como candidato a una persona del sistema, un senil Joe Biden al que han escondido y al que han dejado hablar más bien poco, con graves escándalos  de corrupción y serias sospechas de pedofilia, y como segunda a una radical como Kamala Harris, la verdadera candidata que, junto a Nancy Pelosi, se han adueñado del partido Demócrata. Ambas representan el ala más radical, la línea socialista de la organización, donde se empieza a vislumbrar la escisión y la marcha de muchos de sus simpatizantes, dada la senda elegida. Biden es solo un pelele y la imagen amable del partido. Todos juntos son las élites norteamericanas, son los globalistas frente a los identitarios o patriotas defensores del estilo de vida americano. Trump representa a los perdedores de la globalización, la esperanza de los más necesitados y olvidados, motivo por el cual su victoria es inaceptable.

La noche del 3 de noviembre la victoria era clara para Donald Trump, lo que motivó la aparición televisiva del candidato demócrata. Cuando todos pensaban que Biden comparecía ante los medios para reconocer su derrota, sorprendió a propios y a extraños anunciando que todavía había partido y que nada estaba dicho. Activó el plan B. En ese momento faltaban siete estados por acabar el recuento y Donald Trump, con el escrutinio muy avanzado, adelantaba al candidato demócrata en seis de los siete estados. Se inició el cúmulo de despropósitos, el parón en los recuentos, las anomalías y la aparición masiva de votos a favor de Biden. El fraude se consumó cuatro días después cuando Biden, con todo el apoyo mediático prácticamente unánime, se auto proclama presidente de los Estados Unidos con la complacencia de la gran mayoría de dirigentes mundiales. La verdad no podía arruinar una buena historia, no podía acabar con el deseo de las élites de terminar con el sueño de los más desfavorecidos de ser tenidos en cuenta.

La democracia es solo útil si los resultados nos son favorables, en caso contrario debemos aplicar medidas correctoras que corrijan esa anomalía. Afirmaba Stalin: “No importa quién vota, sino quién cuenta los votos”. En línea similar se expresaba recientemente el escritor Vargas Llosa en una entrevista concedida al diario El País: “No basta que haya elecciones libres y genuinas; además es preciso que los votantes voten bien. Porque a veces se equivocan. Los electores estadounidenses se equivocaron garrafalmente hace cuatro años votando por Donald Trump”. Vargas Llosa habla desde el rencor, una vez que él perdió las elecciones en Perú y se vino a España. Cuatro años después de la primera victoria de Trump, los electores se volvieron a “equivocar” y eso es algo que, en esta ocasión, no iban a consentir.

Nos conducen de forma casi irremisible hacia el Nuevo Orden Mundial, donde personajes como Trump no tienen cabida y donde la democracia es secuestrada y es un mero elemento formal con factores correctores, en caso de que los pueblos no sepan votar bien. Nos encaminamos hacia la dictadura perfecta, aquella que tiene formas democráticas que justifican la tiranía bajo la excusa de que es el pueblo quien lo desea, un pueblo cuyo deseo real no es respetado ni se ve reflejado en el resultado final. El mundo es hoy un poco más repugnante que ayer, un mundo que mira hacia otro lado, tapando y justificando un fraude que conocen y  que deslegitima la propia esencia de la democracia. Se tapa y se aplaude el pucherazo porque el elegido no era el candidato que más convenía. Entramos en una peligrosa espiral con consecuencias imprevisibles que no puede traernos nada bueno. Los que nos hablan de democracia y libertad son los que más daño la están haciendo. Nunca creyeron en ella, solo era un instrumento para convertirnos a todos en cómplices de su gestión y, una vez que se les da la espalda, eso no lo toleran y nos hablan de una nueva democracia, aquella donde solo ellos tienen cabida.


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