La amenaza catalán que nadie quiere ver

por Javier García Isac

04 octubre 2019

Nadie parece tomarse en serio la amenaza separatista. Pensamos que no haciendo nada y siendo comprensivos con aquellos que desean romper este país, la “cuestión” se solucionará sola. Miramos a otro lado no queriendo enfrentarnos a la realidad. No queremos verlo y de esta manera pensamos que no está pasando. Nos auto engañamos.

La situación que atraviesa España en general, y muy particularmente Cataluña, es de una gravedad extrema, como así lo demuestran las últimas detenciones de activistas de los conocidos de forma pomposa como CDR, Comités de Defensa de la República, de una república inexistente,  hace ya unos cuantos días. Estos aprendices de terroristas disponían de información y explosivos suficientes para actuar en cualquier momento.

No es de extrañar que los CDR desearan dar un paso más en su lucha, teniendo en cuenta que entre sus filas se encuentran antiguos asesinos de Terra Lliure y otras organizaciones criminales que fueron los causantes de la muerte del matrimonio Viola o del empresario Bultó, mediante el método de adosarles una bomba en el pecho y luego explotarla.

Resultaría  cómico, si no fuera por lo trágico de los acontecimientos, cómo el independentismo catalán se nos presenta como una suerte de movimiento pacifista en contra de la violencia, al estilo de Luther King o el mismísimo Gandhi. En cualquier caso, se parecerían más al Nelson Mandela de antes de ingresar en prisión, aquel que quemaba vivos a policías negros de una etnia diferente a la suya.

El independentismo catalán nunca ha sido pacifico, ni antes, ni ahora. El independentismo catalán siempre ha contado entre los suyos con terroristas, criminales y asesinos como Lluis Companys de ERC, el partido de los mata curas, o con tarados mesiánicos y supremacistas como Prat de la Riva, por no hablar de ladrones como Jordi Pujol y todo su clan, sin olvidarnos de delincuentes comunes, huidos de la justicia como Puigdemont. Sería difícil enumerar en un solo artículo la cantidad de golfos, ladrones, oportunistas, cobardes y asesinos que han plagado y plagan las filas del independentismo catalán y más difícil todavía sería enumerar los muchos imbéciles que forman parte de esto y que han convertido el independentismo, el enfrentamiento entre catalanes, como su estilo de vida, su negocio.

La España de los últimos cuarenta años nunca se ha tomado en serio al separatismo catalán. Los distintos gobiernos los tenían como sus aliados, como bisagras y, sobre todo, como apoyo en caso de ser necesario para la estabilidad de sus gobiernos. Qué paradoja, confiar la estabilidad de un país en aquellos que desean destruirlo, romperlo.  El problema persiste desde el momento en que seguimos sin querer ver la amenaza que supone para España la existencia de la generalidad catalana y la autonomía. Estas últimas detenciones dejan bien claro cuál es la postura del separatismo y la conexión del Presidente Quim Torra, a la sazón, máximo responsable del estado en Cataluña con estos grupos, a los que ha estado alentando y animando y con cuyos responsables no ha tenido empacho en fotografiarse y compartir micrófono y pancarta.

El gobierno de España mantiene una comunidad quebrada donde el dinero de todos los españoles podría estar destinándose a grupos y actividades que podrían poner en peligro la integridad de la nación y la vida de muchos españoles. El separatismo catalán vuelve a las armas mientras que se sigue sin ilegalizar a partidos políticos, asociaciones, grupos o entidades, responsables de la formación y cobertura de los CDR. Se sabe quiénes son, quiénes los forman y quiénes están detrás y, sin embargo, fuera de la actividad policial, nada se hace para evitar lo que, en un futuro próximo, podría tener consecuencias irreparables. Será responsabilidad de aquellos que, pudiendo tomar medidas, prefirieron mirar a otro lado mientras que los delincuentes avisaban de que no solo se conformarán con destrozos de mobiliario urbano y enseres, lo siguiente será el asesinar a catalanes que defienden a España cuando esta prefiere no ver lo que realmente pasa.


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