El 28 de abril: el día en el que todo empezó a cambiar

por Javier García Isac

03 mayo 2019

Tengo por costumbre hablar más de lo que me une que de lo que me separa. No me gustan aquellos que están continuamente viendo la paja en el ojo ajeno y nunca la viga en el propio.  Me molesta sobremanera la gente que ve fracaso en los demás, cuando en la mayoría de las ocasiones los fracasados son ellos. No soporto los que reparten carnets de demócratas, pero tampoco a aquellos que se creen con el derecho o la licencia de decir quién es o quién no es patriota.

Guste o no, el pasado día 28 de abril algo cambió en la reciente historia de España. No me refiero a la victoria de Pedro Sánchez. Eso formaba parte de lo posible, además de no ser ninguna novedad pues ya tuvimos a Felipe González y José Luis Rodríguez Zapatero, también tuvimos a un José Maria Aznar, a un Mariano Rajoy e incluso a un Adolfo Suárez. Me refiero a que una parte importante del pueblo español perdió el miedo, abandonando lo políticamente correcto y su zona de confort para despertarse de un letargo que duraba ya demasiado tiempo.

No se trataba de echar a un mal presidente por uno igual de malo o peor, se trataba de modificar los resortes y sentar las bases para que nunca más determinadas cuestiones fueran excluidas del debate.

Que más de 2.700.000 personas optaran por una opción demonizada por medios de comunicación a derecha e izquierda, es digno de elogio y de resaltar. El minimizar, ridiculizar o menospreciar el éxito alcanzado, solo muestra la terquedad y la simpleza de algunos, sobre todo, cuando se llevan décadas nadando en el fracaso continuado. Si somos incapaces de darnos cuenta de que algo ha cambiado, un algo que puede ser importante para un futuro inmediato muy por encima de siglas y organizaciones, es que posiblemente merezcamos la situación en la que nos encontramos.

El comportamiento de algunos recuerda mucho al de las parejas mal avenidas que no se soportan, que necesitan de un enemigo común en el que proyectar sus odios y fobias para que todavía escenifiquen que algo les une. Me quedo con aquellos que se ganan el cariño y la admiración desde el respeto y no desde el insulto. Me gustan los que convencen y no los que imponen, y sobre todo y muy importante, los que aportan y ayudan a cambiar las cosas, los que son ejemplo y no están siempre excusándose de lo difícil que lo han tenido, justificándose de su poco éxito porque ellos son perseguidos y maltratados y el resto no. De casa se viene llorado. No soporto la cultura de la eterna queja, de la eterna supremacía, venga esta de donde venga o de quien venga.

Lo peor del comportamiento es cuando este se vuelve indigno, vil y ruin. Se puede y se debe discrepar, se puede matizar, diferenciar, evidenciar que no se es lo mismo, pero lo que no se puede ni se debe hacer, es reírte de más de 2,7 millones de españoles, burlarse de un pueblo al que se supone uno quiere salvar.

Tampoco soporto a los que achacan a estos votantes la responsabilidad del triunfo de las izquierdas. Nada más lejos de la realidad. Si creemos en la democracia, no podemos decirle a los demás lo que deben votar y a quién votar; no podemos limitar la libertad del ciudadano, y más aún, cuando aquellos que lo dicen son los responsables últimos de la victoria de Sánchez, son los que provocaron el hastío y el hartazgo, son el problema y no la solución. Si deseaban apelar al voto útil, mejor que no se hubieran presentado, pues son miles de españoles los que jamás les hubieran votado ni dado su apoyo. No es lo mismo el atún que el betún. El día 28 de abril, es un día para celebrar, para conmemorar. El día en el que todo empezó a cambiar. Casado solo hubiera alargado la agonía, pero nada nuevo que no supiéramos, en cambio, ahora el sistema sabe que existen casi tres millones de españoles que no consentirán el expolio al que España está siendo sometida en los últimos 40 años, y esa consideración es más importante que el inquilino temporal que ocupe la Moncloa. Es un buen comienzo.

Por cierto, por no soportar, no me soporto ni a mí mismo. Que nadie vea fantasmas donde no los hay.


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