Año nuevo, muerte nueva

por Radio YA

11 enero 2018
Por José C.Hurtado.

El breve periodo de tiempo en el que finaliza un año y se sucede el siguiente, ha sido tradicionalmente considerado momento oportuno para proponerse cambios, siendo quizá la expresión que mejor lo sintetiza “año nuevo, vida nueva”.

Durante estas épocas de los últimos años, comenzamos a escuchar un leve tintineo, ya sea en alguna voz discordante y rápidamente silenciada, ya sea en algún díscolo opinólogo de los grandes medios, o bien por algunos medios de comunicación e instituciones que aún escapan a duras penas del omnipresente Leviatán que es el sistema. Un leve tintineo que amenaza con ensordecer el mundo, unas primeras y jóvenes notas que se preparan a ser pronto las más corroídas, envejecidas y asesinas, de la sociedad que hoy conocemos.

Cuando hablamos del invierno demográfico, nos plateamos un esbozo de sus múltiples implicaciones y elementos que lo componen. Pero de todas ellas, dos son especialmente relevantes, tanto por la responsabilidad que tenemos hoy como por el castigo que tendremos mañana.

Grosso modo, el invierno demográfico viene a significar que los nacimientos son tan insuficientes que hacen inviable el relevo generacional. Como afirma Alejandro Macarrón, uno de los mayores expertos en suicidio demográfico, cada año existe un déficit de 250.000 nacimientos sobre los necesarios para este relevo.

Un aspecto útil de la burocracia es que te permite enfrentarte a la realidad numérica de las cosas, por cruda que esta sea. Según el INE, tras su publicación de los datos relativos a 2016, nacieron un total de 408.384 niños, mientras que 93.131 no lo hicieron. Parece ser que este 18,56% de la población menor de 9 meses fue masacrada quirúrgicamente (sin contar con los masacrados químicamente) antes de poder hacerlo, por razón de su edad, incomodidad para su “familia” o género (aproximadamente la mitad de estos 93.131 personas eran mujeres). De no haberlo hecho, además de mantener algo de cordura, bondad, rectitud e inocencia en nuestra sociedad, el déficit de 250.000 nacimientos del que hablaba Macarrón se reduciría, como mínimo, a 150.000 nacimientos.

Y, ¿de dónde salen los otros 150.000 nacimientos necesarios para el sostenimiento demográfico? Aquí entra en juego la segunda de nuestras culpas en este proceso. Si recurrimos de nuevo al INE, observamos como el número actual de hijos por mujer oscila entre 1,33 y 1,34, mientras que en 1975 ascendían a 2,7. Esos 150.000, o más exactamente, esos 167.000 nacimientos de los que carecemos hoy para alcanzar el relevo generacional eran los que se daban, precisamente, en 1975, cuando las familias todavía tenían hijos, sumando casi 670.000 nacimientos por año. En lugar de ello, las familias han (hemos) renunciado a lo único que les da sentido como tal, sustituyendo el amor a la descendencia por el servilismo a la inmanencia.

Bien es cierto que desterrar a los hijos de las familias es responsabilidad de las propias familias, más allá de la imposibilidad de tenerlos. Pero cuando hablamos de asesinarlos, la cadena de responsables aumenta. En primer lugar, lo es de quienes lo fomentan y consienten desde las altas instancias. En segundo lugar, de quienes conniventes con el mal llamado “mal menor”, favorecen el aborto tranquilizando sus conciencias pensando que sería peor con el “mal mayor”. Y en tercer lugar, de quienes teniendo la misión de oponer resistencia moral y doctrinal, renuncian a su cumplimiento sustituyéndolo por otras labores filantrópicas.

Y cabría pensar… ¿queda esperanza?

El pasado 8 de enero, el portal Infocatólica informaba sobre la decisión del cardenal arzobispo de Washington y el obispo de Arlington, por la cual los fieles que participasen en la Marcha por la Vida podrían recibir la Indulgencia Plenaria (con los restantes requisitos). Al mismo tiempo, veíamos en el mismo diario como el Primado de Irlanda llamaba a la acción católica frente a una nueva ofensiva abortista “tenemos que concentrar nuestras energías y recursos en hacer de Irlanda la nación del mundo más acogedora para una mujer y el hijo que lleva en su vientre”. Tal como recogía Infovaticana, la Conferencia Episcopal Polaca pedía la prohibición total del aborto en el país, llamando “a todo el mundo a secundar la iniciativa legislativa ‘Stop aborto’”.

La Conferencia Episcopal Española no quería quedarse atrás, y decidió poner uno de sus habituales granitos de arena en la lucha por la natalidad. Así, el mismo día en que obispos de todo el mundo llamaban a la confrontación directa contra el aborto, en España preferían optar por la vía crítica hacia el gobierno por no acoger tantos refugiados como nos imponen los cupos desde las instancias europeas.

Y de hecho, es una gran aportación para la natalidad. Tal y como afirma Alejandro Macarrón, en Gerona, el 20% de los niños que nacen son hijos de musulmanes. En Tarragona y Lérida, el 15% y en Barcelona, el 12%. El número de hijos de mujeres provenientes del Norte de África (principal foco de inmigración en Cataluña) es de 4,5, y la tasa de natalidad mostrada por los refugiados que ahora piden nuestros Obispos es similar.

Nuestra responsabilidad como causantes es ya patente. Este, será nuestro castigo.

Por de pronto, más allá de lo que siendo indulgentes se podría calificar de irresponsabilidad por parte de la CEE española, conviene recordar que la Doctrina Social de la Iglesia reitera en numerosas ocasiones que según los grados de caridad, “se debe amar y ayudar preferentemente a los que nos están unidos con especiales vínculos” (Pio XII, Summi Pontificatus ), comenzando por los hijos a los que asesinamos, o que “el país receptor tiene derecho a subordinar la emigración”, ya que “algunos inmigrantes… por una profunda diferencia cultural, son completamente inasimilables” (Códigos de Malinas). Sobre la profusa doctrina relativa al aborto, no hace falta ni hablar, y en este caso, se ha eludido frontalmente por quienes deberían hacer de ella su bandera.

La responsabilidad como portadores de soluciones al respecto, está todavía por ver si la queremos asumir.


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(Redifusión)

Javier García Isac

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