LA CONSTITUCIÓN DE LA DISCORDIA Y LAS CONTRADICCIONES

por Javier García Isac

04 diciembre 2020

Hoy vuelve a ser un día de esos que los cursis llaman de reflexión y balance. Celebramos ahora los 42 años del referéndum constitucional de 1978, cuando 25 millones de españoles fueron llamados a las urnas para ratificar el proyecto de Constitución que el parlamento había aprobado el 31 de octubre de ese mismo año. El gobierno presidido por el que fuera antiguo secretario general del movimiento, Adolfo Suárez, realizó una intensísima campaña en favor del “sí” que incluía la televisión pública, donde se leían artículos de la futura Constitución y se hablaba de las bondades de la misma. Se imprimieron 9 millones de copias del texto constitucional, que fueron repartidas por todos los rincones de la geografía española, y se hicieron distintos debates en los que, para ser sinceros, el “no” simplemente no se contemplaba más que de una manera muy residual. Lo cierto es que, con toda la maquinaria estatal puesta en marcha y con el control de la mayoría de las fuerzas parlamentarias y de medios de comunicación, el “no” era impensable. Comunistas, socialistas, populares (AP), sindicatos y el gobierno en su conjunto, harían campaña activa a favor del “sí”. No se jugó en igualdad de condiciones y aquellos que advertían de los peligros que el desarrollo constitucional podría acarrear, simplemente fueron apartados, no se les escuchó e incluso se les estigmatizó. Eran días de vino y rosas, de consenso generalizado, en los que nadie quería hablar de los contras de una Constitución excesivamente abierta, muy poco concreta y con un articulado farragoso que decía una cosa y la contraria. Lo importante era contentar a todos, lo importante era el “consenso alcanzado” y que ningún aguafiestas pudiera poner en peligro la fiesta de la democracia.

Como era de esperar, el mismo pueblo español que despidió a Franco, “olor” de multitudes en 1975, el mismo que el 15 de diciembre de 1976 aprobó también en referéndum el proyecto de ley para la reforma política, lo que se conoció como la ley a la ley y que a menudo se olvida, obteniendo incluso más votos favorables que el referéndum del 78, apoyaría de forma masiva el nuevo texto constitucional. Sería el mismo pueblo que, en octubre de 1982, daría la mayoría absoluta al socialista Felipe González y el mismo que apenas tres días después de la victoria de este, recibiría con un júbilo desbordante al Papa Juan Pablo II. El mismo pueblo que en 1986, en el Referéndum sobre el ingreso de España en la estructura militar de la OTAN, votaría favorablemente, tal y como lo había solicitado el gobierno, a pesar de que, en un principio, una de las grandes promesas socialistas era sacar a España de la Alianza Atlántica.

No existía duda alguna de lo que el pueblo español votaría ese 6 de diciembre de 1978, entre otras cosas, porque eran muy pocos los que se habían leído el texto constitucional y, los que lo habían hecho, tampoco tenían formación jurídica para entenderla, y también porque el español medio estaba muy alejado de la política. Mayoritariamente se votó “si” a la Constitución porque gran parte del pueblo español entendía que era la continuación del régimen anterior, un régimen donde habían conocido la paz, la prosperidad, la estabilidad y el desarrollo económico, y lo entendían porque aquellos que les solicitaban su voto afirmativo eran las caras conocidas del régimen anterior. Exministros de Franco, antiguos embajadores, altos cargos de las distintas administraciones del franquismo y un largo etcétera de personalidades de distinto tipo y pelaje. Todos buscando su acomodo en el nuevo régimen, pero aprovechando la popularidad que les había dado servir en el antiguo. Pronto cambiaría el viento y la gran mayoría de ellos se puso a trabajar con esmero en borrar su pasado más reciente.

42 años después de aquello el balance no puede ser positivo. Aquellos que nos advertían de los peligros del desarrollo lógico del texto constitucional, tenían razón. La unidad de España no estaba garantizada y la evolución del estado autonómico, nos ha conducido al desastre. La Constitución del 78 necesita una seria reforma que blinde la unidad de España, que desmantele el ruinoso estado autonómico y que no permita que las leyes más importantes de España estén en manos de aquellos que la odian. Me temo que la mayoría de la clase política española seguirá sin hacer un auténtico examen de conciencia, seguirá con el mantra, las mentiras y las falacias de que estos últimos 42 años de la historia de España, son la época de mayor prosperidad de este país. Eso ya no cuela, eso es falso. Cosa distinta es que a ellos no les ha ido tan mal, pero no al conjunto del pueblo español narcotizado, aborregado y sin capacidad de debatir. Ni siquiera es cierto eso de que ahora disfrutamos de más libertad política que hace unos años. La pandemia viene a demostrar cómo un gobierno es capaz de limitar y cercenar nuestras libertades más básicas y fundamentales con el consentimiento de casi todos.

Cuando una Constitución tampoco es capaz de defender el idioma común de todos es que esa Constitución no funciona y debe ser mejorada, y blindar y reforzar aquellos aspectos que salva guarden la unidad de este país. Lo demás es hacerse trampas al solitario, y de tramposos estamos sobrados.


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