MANUAL DEL PROGRE DEL SIGLO XXI

por Javier García Isac

12 junio 2020

Pocas cosas me dan más asco que las lecciones de moral que la izquierda quiere imponernos. No están legitimados, ni mucho menos capacitados, para otra cosa que no sea el mal. Poco a poco hemos ido aceptando como normales dichos, hechos y situaciones que no lo eran. Hemos sido testigos mudos de una transformación que, de una forma silente, nos era introducida, sin dar batalla alguna, por pensar que eso no iba con nosotros. No nos hemos escandalizado cuando deberíamos haberlo hecho y ahora todo aquel que alza la voz en forma de protesta es estigmatizado y criminalizado. No aceptan el debate, dando cuestiones por zanjadas y cerrando toda posibilidad de disidencia. Nos venden la democracia y la libertad como valores absolutos, siempre y cuando pienses y aceptes su visión del mundo. Buscan consensos allí donde solo hay adhesiones inquebrantables.

Poco a poco empezamos a descubrir la nueva normalidad que nos están diseñando. Una normalidad bajo el mantra de lo políticamente correcto, en la que la discrepancia no tiene cabida y en la que el pensamiento único se nos impondrá bajo la amenaza de ser excluidos de la sociedad. No hay cosa peor que la apariencia de libertad cuando esta solo existe si tu opinión es la misma que la de la masa, la opinión del borrego que debe ser coincidente con la del rebaño y con la de la clase gobernante. Para la creación de esa nueva normalidad, esa nueva sociedad, era fundamental el control del relato de la historia; la transformaron hasta tal punto que la verdadera historia solo es una caricatura de esta nueva que hemos aceptado como verdadera. El control del pasado es fundamental para controlar el futuro. Su obsesión de transformación ha conseguido un mundo colectivo imaginario que niega la realidad del pasado.

La nueva progresía, muy alejada en lo estético de la clásica, inventa nuevas banderas a las que aferrarse pero con un denominador común, con un falso buenismo que tiene como finalidad crear una sociedad homogénea que impida toda discrepancia y que no ponga en duda lo que ellos consideran valores irrenunciables que todos debemos aceptar. Mienten de forma sistemática, sabiendo que lo hacen, y sus mentiras son aceptadas con naturalidad por todos: unos por ignorancia y desconocimiento, y otros por miedo a ser excluidos. Son malvadas, pues nos hablan de libertad cuando la niegan a todo aquel que les deje en evidencia.

En el manual del progresista del siglo XXI concurren muchas contradicciones. Antifranquistas de última hora, nacidos mucho después de la muerte de Franco, comunistas que no saben lo que es el comunismo que viven en palacios y pasan las vacaciones en lugares paradisiacos, muy alejados del comunismo real, feministas ocupando puestos de relevancia después de haber sido enchufadas por su pareja, por su macho alfa, sindicalistas que jamás han trabajado, antifascistas que no han visto un fascista en su puñetera vida, y que además no saben ni lo que es el fascismo, y muchos progresistas de salón que tienen como modelos a seguir regímenes subdesarrollados importadores de pobreza.

La masa esconde su ignorancia en el rebaño como autodefensa y como medio para ocultar su desconocimiento. La mayoría de los progres actuales lo son más por miedo a quedar excluidos que por convencimiento. Han conseguido normalizar lo más detestable de la sociedad. Un monstruo con cimientos basados en la mentira que no acepta la duda a su imposición ideológica. Solo dando la batalla de las ideas que nunca se dio conseguiremos revertir una situación que cada vez se antoja más insoportable y menos libre. La apariencia de libertad es solo estética y muy poco real.


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